Hace cuarenta años, en Roma, el logo de un McDonald en la piazza de España fue el detonante para que un reducido grupo deintelectuales crease el movimiento Slow Food, cuya primera victoria no fue la expulsión de aquella marca comercial pero si reducir el gigantesco neón publicitario a una dimensión menos humillante para el emblemático rincón de la capital italiana.
Uno de los que entonces repartieron pasta gratis a los paseantes era Carlo Petrini, gastrónomo, periodista y escritor, que falleció esta semana a los 76 años de edad, satisfecho del largo y exitoso camino recorrido por su iniciativa desde aquella protesta inaugural y la suscripción en París, en diciembre de 1989, del Manifiesto Slow Food por veinte delegaciones de cinco continentes.
Petrini actuó como presidente del movimiento hasta 2022, consolidando su influencia con su dinamismo y simpatía hasta sumar cien mil adherentes en 150 países en torno a una filosofía tan sencilla como “comida sana, limpia y al alcance de todos” no sólo como alimento sino en un sentido más amplio de sustentabilidad ambiental, identidad cultural y justicia social.
Un objetivo ambicioso, a la medida de quien nació en un pueblito del Piemonte con profundas raíces campesinas que lo anclaron para siempre en las tradiciones hogareñas y combinó fértil imaginación con capacidad organizativa para impulsar iniciativas como Terra Madre, en 2004, donde reunió granjeros, pescadores, artesanos, cocineros y académicos que hasta entonces permanecían al margen del sistema alimenticio global y constituyeron el motor de SlowFood.
Petrini fundó la Universidad de Ciencias Gastronómicas en Pollenzo, la primera en su género que daría paso a un pensum con grado académico con que el Gobierno italiano ennobleció eloficio hasta entonces de mero interés folklórico, graduando más de cuatro mil profesionales de un centenar de países y, en complicidad con el obispo de Verona, fundó las Comunidades Laudato Si, en la onda de la encíclica del papa Francisco, con ochenta grupos sin distinción de religiones.
Y mientras tanto su firma se hizo familiar en los periódicos de ideología más variopinta, analizando la relación entre la comida, el ambiente y el desarrollo sostenible.
La idea básica es que nuestra comida contiene poco valor nutricional por su origen industrial y el deterioro asociado a su ciclo comercial y como alternativa propone productos locales de temporada para crear platos suculentos a base de ingredientes sencillos con sabor auténtico; y, lomás importante, democráticos, al alcance de cualquiera.
También, que la realidad actual presencia la paradoja de una producción suficiente para saciar el hambre de todos mientras alrededor de dos millardos de personas sufren de obesidad y otro millardo no satisface plenamente sus necesidades, que hace necesaria una distribución más equitativa.
En Africa y Asia, Slow Food se transformó en Convivia para enaltecer las tradiciones ancestrales en eventos, talleres y conferencias, mientras el proyecto Mil Jardines Africanos creó sembradíos en escuelas, poblados y suburbios en 25 países del Continente, basados en técnicas de composta, irrigación eficiente, variedades locales y pesticidas naturales; y en el camino, fue africanizándose al punto que en 2022, cuando se hicieron evidentes los achaques de salud de Petrini, el agrónomo ugandés Edward Mukiibi, asumió las riendas del movimiento.
Ahora, le ha correspondido el triste privilegio de despedir al maestro, víctima de un cáncer prostático.
“Nuestros corazones están de luto pero también llenos de gratitud por todas las semillas que plantaste en esta tierra, semillas de humanismo, humildad, empatía y atención; hiciste que creyéramos en nuestro poder para cambiar al mundo mediante la comida y nos convenciste de que es posible un mundo mejor”, dijo esta semana en la ceremonia de adiós en Bra, su pueblecito natal.
Varsovia, junio de 2026.












