Estaba escrito, porque al fin y al cabo tenía más de mil años, pero entristece saber que el mítico roble que protegió al rebelde Robin Hood y su pandilla en el bosque de Sherwood de las acechanzas del sheriff de Nottingham haya sucumbido definitivamente.
Así lo anunció el funcionario de la Real Sociedad Protectora de las Aves que desde hace una década monitoreaba la salud del árbol venerable, de once metros de alto y 28 de canopia, uno de los 114 de su especie que sobreviven en el Reino Unido. Resignado a una derrota no por inevitable menos dolorosa, a pesar del esfuerzo invertido en su preservación.
Víctima hasta cierto punto de su propia fama porque si bien acusaba el efecto del calentamiento global y las sequías, igual que el resto de los bosques británicos, fueron la frecuentación anual de 350 mil visitantes y el ruido vehicular los responsables de la compactación de los terrenos adyacentes, afectados ya durante la Segunda Guerra por campamentos militares.
Sin contar con el auxilio de una legión de expertos que intentaron reforzar sus brazos con prótesis y cadenas de metal y fibra de vidrio y mantener erguido su tronco achacoso con rellenos de concreto y excavaciones para airear sus raíces y devolverle la salud; en un intento fútil porque, como cualquier anciano, el roble había cumplido ya su ciclo vital.
Su carcasa permanecerá, sin embargo, como alimento de la vida forestal, en homenaje a la impronta histórica que el cine contribuyó a cimentar desde las acrobacias de Douglas Fairbanks en 1922 el romance de Errol Flynn y Olivia de Havilland y el nostálgico capítulo final de Audrey Hepburn y Sean Connery ya otoñales.
Y recordará a la Gran Bretaña el compromiso con su patrimonio natural, que un antiguo guardián forestal Luke Barley expuso hace pocos meses en un libro fascinante, donde destacaba su carácter de tierra de inmigración. Desde que hace diez mil años las capas de hielo comenzaron a retroceder y la vegetación meridional de Europa colonizó el inhóspito noroeste y dejarlo, para el tiempo en que las aguas del Canal lo aislaron del continente, pletórico de olmos, alisos, avellanos y robles; como éste que ha dicho adiós ahora, precisamente.
Porque el colapso del árbol de Sherwood recuerda que la historia de la explotación de los bosques británicos desde la Revolución Industrial ha venido de la mano con la crisis climática actual hasta hacer del Reino uno de los territorios más agotados del planeta, al grado de fijarse el objetivo de 16.5% de espacios boscosos al horizonte de 2050, que nada tiene de capricho, porque en esos bosques se juega su existencia misma, como una hazaña más de Robin Hood.
Rafz, julio de 2026.
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