A Voltaire, francés de origen parcialmente suizo y brillante por ambas vertientes, se atribuye la recomendación de arrojarse por el balcón detrás de un banquero, con la certeza de que abajo aguarda una buena oportunidad. La anécdota resume el espíritu práctico de un pueblo que, cansado de las guerras civiles y de exportar mercenarios a las potencias europeas, decidió hace siglos apostar por la estabilidad y construir el paraíso ordenado que hoy representa la Confederación Helvética.
Los suizos acudieron este domingo, una vez más, a las urnas para dirimir mediante referéndum una propuesta del ultraconservador Partido Popular que pretendía limitar la población del país a diez millones de habitantes para 2050. Con el mismo pragmatismo que ha marcado su rumbo desde 1848, cuando los cantones fundadores pusieron en marcha un modelo que terminaría convirtiéndose en sinónimo de prosperidad y convivencia.
No es la primera vez. Más de setecientos referendos han permitido a Suiza resolver sus dilemas colectivos. Los más recientes echaron por tierra un aumento de impuestos a las grandes fortunas, que sus detractores consideraban perjudicial para la inversión, una propuesta para ampliar el servicio obligatorio a tareas civiles y otra destinada a financiar políticas climáticas mediante gravámenes a herencias y grandes fundaciones.
Ahora, el 55 por ciento de los votantes rechazaron ahora la idea de limitar a diez millones la cifra actual de 9.1 millones de ciudadanos al horizonte de 2050, que hubiera instituido la cadena de medidas burocráticas a las que es alérgico este pueblo celoso de su intimidad e introducido en sus relaciones con la Unión Europea la maraña de controles suficientes para arruinar la exitosa colaboración actual.
El recuerdo de un Brexit catastrófico debió jugar su papel en el resultado, tanto como las políticas restrictivas con que China intentó controlar su demografía a costa de distorsiones que, medio siglo más tarde, aún afectan la economía y el tejido social.
Sobre todo porque Suiza es un país ejemplar en el manejo de un volumen de extranjeros –casi el 30% de la población- de origen bosníaco, portugués, sirio e incluso caribeños que han contribuido al desarrollo del beisbol local, sin contaminar el orden emblemático de la Confederación.
Para qué, pensaron entonces con cordura los ciudadanos y las grandes transnacionales que derivan su bienestar de las conexiones exteriores, embrollar la situación si las estadísticas demostraban que el incremento poblacional del último quinquenio se tradujo en una economía que no cesa de florecer. Y así fracasó una iniciativa de ribetes xenofóbicos que alertaba sobre el peligro que tal contingente entraña para la infraestructura, los programas sociales, la ecología y, en general, del estilo de vida suizo que, por el contrario, se ha enriquecido con el aporte migratorio gracias a una estricta política de asimilación que deja poco o ningún margen a la guachafita importada.
En resumen, el gobierno federal integrado por siete representantes de los cuatro grandes partidos, incluido el PS que propició la consulta, ha respirado con alivio y se prepara a enfrentar en los semestres venideros los temas más prosaicos y cotidianos que suelen mortificar a los nietos del corajudo Guillermo Tell.
Rafz, junio de 2026.












