Es difícil de creer pero nuestro planeta podría quedarse sin arena si la extracción y consumo mantienen el ritmo avasallante de los últimos tiempos: 50 millardos de toneladas anuales engullidos por el desarrollo industrial y la urbanización.
El GUARDIAN londinense se hace eco del alerta lanzado por la UNEP, ong basada en Ginebra, de que la modesta substancia es la primera línea defensiva contra el alza del nivel marino, los tsunamis y la salinización de los acuíferos costeros, fenómenos exacerbados por el calentamiento global.
Un problema que PLANETA VITAL ha seguido con atención desde 2017, cuando el también británico INDEPENDENT denunció que mafias internacionales habían infiltrado el negocio extractivo de un producto que, contra la creencia generalizada, no es inagotable y que una amenaza real pesa sobre los desiertos, porque a la naturaleza le toma miles de años crear la arena por erosión y la apetencia del material no cesa de crecer.
La angustia puede parecer absurda cuando se aprecian las enormes extensiones de los desiertos del globo, pero ocurre que hay arenas y arenas y como la finísima granulada del Sahara no es apta para la edificación, los mineros deben concentrarse en los bancos de los ríos locales y en los litorales, provocando un cúmulo de problemas humanos y ambiental con profundas significaciones sociopolíticas y económicas, desde que la plebeya arena devino un commodity costoso y globalizado y su precio se incrementó seis veces en el curso del milenio.
Los mayores consumidores se encuentran ahora en países asiáticos en acelerado desarrollo y el apetito de China por construir es de tal magnitud que entre 2011 y 2013 empleó más concreto que los Estados Unidos en todo el siglo XX y sólo en 2017 utilizó la arena suficiente para cubrir íntegramente el estado de New York bajo una capa de tres centímetros.
Sin mencionar el caso emblemático de Singapur que en el lapso de cuatro décadas añadió 130 kilómetros cuadrados a su exiguo territorio a costillas de dos docenas de islas de la Indonesia vecina para alimentar sus titánicos esfuerzos de expansión.
Y, por supuesto, el comercio arenero comienza a interesar a las mafias criminales, sobre todo en la India, donde la minería ilegal está en auge por las debilidades administrativas y la corrupción, generando auténticas guerras en que han muerto ya centenares de personas, o en Kenya, lesionando los arrecifes coralinos.
Como alternativa, el Reino Unido extrae sus requerimientos del fondo del océano y otros países lo importan de lugares más o menos exóticos, como Groenlandia, donde el calentamiento global ha derretido la capa de hielo, liberando vastas cantidades de grava y arena y el desarrollo del sector podría contribuir a independizarlo de los subsidios de Dinamarca, y en otros países existe una presión creciente para generar materiales de reemplazo con el reciclaje del concreto y de cuantiosísimos desechos plásticos.
Otro informe, de la Fundación Rockefeller, ahonda en el problema agudizado por la urbanización rampante, porque desde 1950 se ha cuadruplicado el número de residentes en las zonas pobladas: 4 millardos de personas a los que según cálculos de la ONU se sumarán otros 2.5 millardos para cuyo alojamiento se requieren gigantescas montañas de concreto, además del necesario para trazar las avenidas y autopistas indispensables para su interacción.
Y como ese material debe salir de alguna parte, en la región de Shanghai se extrajo del río Yangtze, hasta que la navegación se resintió, las riberas y los puentes comenzaron a derrumbarse y las autoridades se vieron forzadas a proteger una vía fluvial de tan vital importancia, y ahora las Islas Maldivas registran una auténtica catástrofe por el material extraído de un atolón para taponar una laguna próxima a Male, capital del archipiélago.
Controlar el negocio se ha complicado porque el recurso no pertenece a nadie pero ya algunos países se abocan al problema y a principios de 2017 la Coastal Commision de California suspendió las operaciones areneras en la bahía de Monterrey tras detectar un incremento en la erosión y las protestas de grupos ecologistas
Varsovia, mayo de 2026.












