El regreso de María Corina Machado en otra hazaña novelesca forzada por una dictadura cada día más obtusa, marca un parteaguas hacia lo que debería ser el fin de la pesadilla chavo-madurista, obligando a redondear el menú para una gestión gubernamental con resultados inmediatos que estimulen el entusiasmo y ratifiquen la adhesión de la inmensa mayoría que cifra sus esperanzas en su imagen carismática.
Y, desde luego, neutralicen el revanchismo del sector desplazado, incapaz de admitir sus errores con una reforma interna que facilitaría su inserción en la lucha política normal de las sociedades avanzadas.
Entonces el factor humano será tan primordial como la economía, porque es lícito imaginar que una fracción de la diáspora que votó con los pies durante este cuarto de siglo optará por regresar al país; nostálgica del clima y la comida, ansiosa de abrazar a los familiares y amigos y amanecer con guacamayas alegrando sus balcones.
Y de la guachafita refrescante, sobre todo a quienes aprieta la urgencia de volver, como en el tango de Gardel, a sembrar sus huesos en la tierra de donde nunca quisieron escapar.
Son millones fuera de la patria, en circunstancias tan recurrentes en la historia que nuestras tribulaciones pudieran considerarse hasta como una retribución por la marea humana que nos enriqueció después de la Segunda Guerra, durante la anterior dictadura y en el parpadeo democrático, cuando Venezuela fue puerto acogedor en un Continente sometido a la bota militar, cambiando nuestro perfil humano y contribuyendo al progreso que el reventón petrolero había impulsado desde 1917.
Las conclusiones de la Cumbre sobre la Diáspora Global, que la Organización Internacional de la ONU para las Migraciones auspició en Dublin en abril de 2022, pudieran orientar al nuevo gobierno, actualizando un esquema en la línea del estupendo programa Mariscal de Ayacucho de los años de la bonanza petrolera, que ahora funcionaría a la inversa, facilitando el retorno temporal o definitivo del vasto contingente de universitarios, técnicos y artesanos –científicos, informáticos, deportivos, culturales, incluso culinarios- que debieron emigrar y anhelan compartir generosamente el bagaje acumulado en el peregrinaje.
Quienes regresen, servirían, además, de enlace con sus universidades, empresas transnacionales y centros de investigación en el exterior, en una cooperación donde todos saldrían gananciosos.
Por obvias y legítimas razones no a todos sería permitido abandonar las posiciones logradas con mucho sacrificio, pero podrían trasladarse al país por lapsos específicos para trasmitir la experiencia acumulada, sin olvidar la formidable herramienta que la internet significa para las comunicaciones y la enseñanza on line.
Las Becas Erasmus, uno de las iniciativas más exitosas de la Unión Europea, que facilitan a millares de jóvenes desplazarse cada año por el Viejo Continente, y el programa Vaishvik Bhartiya Vaigyanik con que la India patrocina a través del Ministerio de Ciencia y Tecnología el retorno de sus cerebros, deberían inspirar una iniciativa similar en el área educativa, de importancia estratégica dentro de los planes de recuperación del nuevo gobierno.
Para que el país comience a renacer y la noche quede atrás…
Varsovia, octubre 2026










