Un exhaustivo dossier sobre las vastas ramificaciones del comercio ilegal a escala mundial, en apariencia incontrolable a menos de atacarlo con los recursos de la ciencia aplicada, aparece en los Proceedings of the National Academy of Science estadounidense
Quizás por primera vez cae el espinoso tema bajo la lupa de un equipo internacional de expertos, aunque sólo dos de los mercados -las drogas y la falsificación de marcas- generan más de 250 millardos de dólares anuales y uno adicional el sexo comercial, elevando a la suma fabulosa de un billón de dólares el capital que mueven los nueve rubros incluidos en el estudio de referencia; a la par de los beneficios generados por la industria electrónica.
Y por eso es curioso que sólo ahora, ni siquiera de manera empírica, atrajera la atención de los economistas, la disciplina más idónea para su consideración. Quizás por carencia de estadísticas confiables. Lo cual no deja de causar extrañeza dado que las actividades ilicitas desbordan los limites estrictamente delictivos y plantean amenazas a la supervivencia misma de las naciones y la sociedad global.
Por ejemplo, es imposible comprender el mercado ilegal de armamentos sin apelar a la criminología e imposible regular el tráfico obviando el dinamismo con que aquel se adapta a las medidas legislativas introducidas para controlarlo.
Además, los mercados ilegales sólo pueden comprenderse contrastando sus vastas ramificaciones, el nivel de violencia que generan y su impacto colateral. Por ejemplo, el daño que significa el comercio de especies animales en situación vulnerable y las enormes consecuencias del financiamiento que derivan los grupos terroristas colombianos de los impuestos a los productores y exportadores de cocaina
En resumen, se identifican nueve sectores principales: el contrabando humano ocasional, diferente del permanente de los adictos, de las mulas que cruzan las fronteras; el lavado de dinero por la clientela regular, cuya salud es de nulo interés para quienes combaten el flagelo y se arruina invirtiendo en la droga una parte sustancial de sus ingresos; el sexo comercial, un servicio personal de producción local para consumo inmediato, el más antiguo del mundo, que ahora expande sus tentáculos con la moderna tecnología; las armas de fuego, rubro de adquisición esporádica que, en general, cruzan de norte a sur la frontera estadounidense-mexicana; la falsificación de marcas, mucho menos letal desde luego que el comercio de estupefacientes pero igualmente próspero; el tráfico ilegal de animales; la pesca no-regulada y clandestina en complicidad con restaurantes y supermercados; tabaco y derivados, como los nuevos cigarrillos-e; y por último, las drogas, quinientas veces más costosas que el alcohol en los tiempos de la ley seca de los años 20
El listado no olvida el juego, que alguna vez significó la principal fuente de ingresos para la Mafia y está en auge con su legalización on-line al punto de convertirse en tema electoral en Alemania y la India; los préstamos salvajes con cobro extorsionado, usuales como recurso desesperado en sitios como Singapur entre los residentes chinos asfixiados por la bebida y el juego; la minería ilegal, incluso de una sustancia que se creía inagotable como la arena, para satisfacer la voracidad inmobiliaria y el tráfico de antiguedades que reporta enormes ganancias en países del Cercano Oriente y el Sudeste Asiático, envueltos en conflictos internos
Lo más sorprendente, según el informe, es la heterogeneidad al interior y en relación a los demás de estos mercados ilegales, estimulados por sistemas de pagos como las criptomonedas que dejan obsoletas los maletines de las películas mafiosas, y cambios administrativos como la legalización de la marihuana en Canadá, Uruguay y casi la mitad de los Estados Unidos, con nuevos rubros como los cigarrillos electrónicos que cohabitan con prohibiciones encaminadas a la protección del medio ambiente.
Y que estamos ante mercados bien diferentes, porque el largo camino de la valiosa cocaína colombiana hasta el consumidor europeo contrasta con los pingües beneficios del hongo psilocybin, practicamente doméstico en el mercado estadounidense, y la falsificación de medicamentos, sobre todo en China e India, favorece a un público africano de baja capacidad económica que a la postre sufre las consecuencias del fraude y la contaminación, y difiere del negocio de la vestimenta de lujo que implica derechos de propiedad y un ambiente social más sofisticado.
Finalmente, el grado de influencia del crimen organizado, que varía según la naturaleza del producto y los países, obligaría a definiciones legales menos triviales que capten cabalmente sus alcances como condición indispensable para un combate más efectivo.
Con modestia, el informe que sin embargo representa un paso formidable por la calidad de sus colaboradores, se abstiene de vaticinar la tendencia que el fenómeno adoptará en el próximo cuarto de siglo y concluye en la necesidad de mantener sobre esos mercados ilegales un monitoreo permanente con todos los recursos de la ciencia.
Varsovia, octubre de 2026.












