
Lanzamiento de un cohete en la provincia de Hainan, 2021, foto: China Daily/Reuters Foto:: Max Alexander
La carrera espacial y la basura espacial se han convertido en dos de los grandes desafíos del siglo XXI. La creciente confrontación geopolítica entre potencias como Estados Unidos y China acelera la disputa por la Luna, un territorio visto no solo como fuente de recursos minerales y eventual refugio para la expansión humana, sino también como enclave estratégico capaz de redefinir el equilibrio de poder en la Tierra.

Astronautas chinos, foto: Roman Pilipey/EPA
Como apunta el analista George Friedman, nuestro satélite podría devenir base militar para bombardear con energía solar o peñones extraídos de su superficie y, al mismo tiempo, excelente punto defensivo con ocultas instalaciones sublunáticas, hasta contra armas nucleares, y por eso la Administración estadounidense apura el envío de misiones tripuladas como Artemisa, en competencia con su nueva Némesis, la China excomunista.
Y en esto no hay nada nuevo bajo el Sol porque, según recuerda el comentarista, las potencias europeas invadieron América hace seis siglos en busca de oro y plata y el pretexto de civilizar a sus habitantes primitivos, sin que importe demasiado la lejanía porque la distancia relativa entre el Portugal y el Brasil de entonces no difiere demasiado de la que ahora media con nuestro satélite gracias a la tecnología y la historia de la humanidad es la lucha por los recursos y las riquezas; y así continuará hasta siempre.

Artemisa, Foto: NASA
Al principio se concibió la esperanza de repetir el ejemplo de la Antártida que, en plena Guerra Fría, pudo aislarse de la competencia bélica como una vasta zona de experimentación científica cuyos beneficios han sido incalculables; imposible ahora que cualquier tipo de cooperación con el coloso oriental está prohibido absolutamente por la legislación estadounidense.
Porque las apetencias territoriales se multiplican y complican hasta hacer difícil o imposible un diálogo que, paradójicamente, es más y más urgente por la magnitud del desastre que se cierne sobre la humanidad; y no sólo de las dos superpotencias, pues la privatización podría hacer realidad la pesadilla de un satélite transformado en gigantesca pantalla publicitaria de empresarios multibillonarios o de algún desquiciado líder enfermo de narcisismo.
¡Y al diablo la poesía!
Sin mencionar el problema de la basura espacial. Muy concreto, porque puede caer en cualquier momento sobre nuestras cabeza, pues según la Agencia Espacial Europea las redes de vigilancia rastrean desde hace seis meses casi 37.000 objetos de más de diez centímetros, algunos de ellos más pequeños que una moneda, viajando a más de 35 mil kilómetros por hora, capaces de arruinar un satélite o poner en peligro las estaciones espaciales internacionales; con el añadido de que los impactos generarían más basura y ésta más colisiones.
58 mil satélites, muchos de ellos inútiles, estarían orbitando al final de esta década, chatarra abandonada por las empresas después de exprimirles el beneficio, haciendo inevitable – y de hecho se han registrado ya incidentes menores- su caída fragmentada sobre los pobres mortales.
Es un síndrome bautizado según el astrofísico Donald J.Kessler que hace setenta años vaticinó la perogrullada de que un número incremental de satélites se traduciría en peligro redoblado de colisiones hasta provocar un efecto de cascada que terminaría por inhabilitar órbitas completas del espacio exterior, y advertencia para los centros científicos y políticos que sugieren aplicar la misma solución que a las redes de telefonía móvil e internet a fin de impedir un caos cuyas dimensiones rebasarían la pluma de los escritores más imaginativos.
El Comité para los Usos Pacíficos del Espacio Exterior de las Naciones Unidas es el foro más importante, pero avanza con excesiva lentitud sobre la base del consenso, arreglos bilaterales y negociaciones específicas cuyas recomendaciones carecen de obligatoriedad y, víctimas del clima de crispación global, permanecen ausentes de la agenda de reuniones como la reciente cumbre Xi-Trump en Beijing.
Varsovia mayo de 2026









