Santa Marta: promesas sin resultados

Por: Gabriel Rumor
Última actualización el 5 mayo, 2026

Playa de Taganga

Como ya es rutinario en estos encuentros, alguien entre el millar de delegados calificó de “parteaguas histórico” la conferencia sobre la transición de los combustibles fósiles, celebrada en Santa Marta, Colombia. El evento surgió como seguimiento a la COP30 realizada en Belém do Pará, Brasil, y como antesala de futuras cumbres climáticas, incluida la prevista en Tuvalu y la COP31 en Antalya, Turquía.

Sin embargo, su resultado más concreto fue la creación de un panel de científicos que orientará a los países voluntarios en la búsqueda de energías limpias, un avance modesto frente a la magnitud de la crisis climática global.

La ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez, proclamó el inicio de un nuevo clima democrático internacional. Para Colombia y los Países Bajos, organizadores del encuentro, la conferencia representa un éxito diplomático, especialmente en un contexto de estancamiento provocado por los grandes productores de hidrocarburos y la postura de Estados Unidos. Aun así, el objetivo apenas logró movilizar a una parte de los países miembros de la ONU hacia acciones concretas contra la contaminación ambiental.

Entre los resultados se incluye un informe con recomendaciones de alto nivel, aprobado por representantes de más de sesenta países. Este documento busca servir como hoja de ruta para la transición energética, aunque su impacto real aún está por verse.

Las propuestas no son nuevas: suspender proyectos de infraestructura basados en combustibles fósiles, eliminar subsidios a su producción y promover incentivos para energías limpias. Medidas ampliamente discutidas en la política ambiental internacional, ahora respaldadas por la voz de la comunidad científica.

Uno de los puntos clave fue el impacto de la deuda externa y la dependencia de combustibles fósiles en los países en desarrollo, factores que limitan la inversión en alternativas sostenibles. También se planteó la necesidad de reformar la arquitectura financiera global, redirigir subsidios que favorecen a la industria petrolera y avanzar hacia acuerdos internacionales más vinculantes.

Asimismo, se destacó el crecimiento de la minería asociada a tecnologías limpias —como turbinas eólicas, paneles solares y baterías— junto con la urgencia de evitar abusos ambientales y violaciones de derechos humanos. En este contexto, la participación de pueblos indígenas aportó una voz crítica relevante en las discusiones.

En síntesis, la conferencia deja más continuidad que ruptura. Lejos de ser un hito histórico en la transición de los combustibles fósiles, parece otra escala en el itinerario de la diplomacia climática global, mientras el planeta continúa enviando señales urgentes. La próxima parada será Tuvalu… si el aumento del nivel del mar no redefine antes el mapa.

Varsovia, mayo 2026.

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Por: Gabriel Rumor

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