Consuelo en la playa: ese lugar donde volvemos a nosotros
Hay playas a las que vamos buscando algo que no sabemos nombrar. Llegamos, con alguna tristeza, con preguntas, y allí está la playa. El mar respirando frente a nosotros, la arena sosteniendo nuestros pasos, el viento llevándose poco a poco aquello que parecía pesar demasiado.
Quizás por eso la playa ha sido, desde siempre, un lugar de consuelo para los seres humanos. Un enorme lecho abierto donde vamos a descansar, a mirar, a escuchar. Frente al mar recordamos, perdemos la noción del tiempo, dejamos que las olas hagan su trabajo sobre nosotros. Porque también nosotros somos mar.
Hay en nuestro cuerpo una memoria marina que reconocemos cuando entramos en el agua: algo antiguo parece despertar. Nos dejamos llevar por las olas y, por un instante, dejamos de ser solamente individuos para formar parte de un organismo mayor. El mar nos recibe, nos envuelve. Después regresamos a la orilla un poco distintos: más ligeros, más silenciosos, quizá más limpios por dentro.
La playa está ahí para nosotros, pero no nos pertenece.
Tal vez esa sea una de las razones por las que merece nuestro respeto y nuestro cuidado. Si la playa es refugio, también nosotros debemos aprender a ser refugio para ella. Si nos ofrece descanso, debemos proteger su descanso. Si nos devuelve a una parte esencial de nosotros mismos, tenemos la responsabilidad de preservar ese lugar donde todavía podemos reconocernos como seres vivos entre otros seres vivos.
Cuando desde Planeta Vital me pidieron un poema para celebrar el Día Mundial de las Playas, pensé en varios poemas sobre el mar, pero el primero que vino a mi memoria fue otro: “Consolo na praia”, de Carlos Drummond de Andrade, uno de los poemas que más amo de este gran poeta brasileño.
No es, estrictamente, un poema sobre la protección de las playas. Es un poema sobre la pérdida, sobre aquello que se va, sobre lo que permanece. Y, sin embargo, al releerlo para esta celebración, encontré en él algo profundamente relacionado con nuestra experiencia frente al mar: esa posibilidad de llegar a la orilla con nuestras pérdidas y permanecer allí hasta encontrar, aunque sea por un instante, algún consuelo.
Quizás una playa cuidada sea también eso: un lugar que permanece para nosotros. Un lugar al que podamos volver. Un lugar donde el ser humano recuerde que nunca estuvo separado del mar.
Carlos Drummond de Andrade
CONSUELO EN LA PLAYA
Vamos no llores.
La infancia está perdida.
La juventud está perdida.
Pero la vida no se perdió.
El primer amor pasó.
El segundo amor pasó.
El tercer amor pasó.
Pero el corazón continúa.
Perdiste a tu mejor amigo.
No hiciste ningún viaje.
No posees carro, barco, tierra.
Pero tienes un perro.
Algunas palabras duras.
Con una voz mansa te golpearon.
Nunca nunca cicatrizan.
Pero ¿Y el humor?
La injusticia no se resuelve.
A la sombra de un mundo errado
murmuraste una protesta tímida.
Pero vendrán otras.
Sumado todo esto, deberías
precipitarte de una vez en las aguas
Estás desnudo, en la arena, en el viento.
Duerme hijo mío.
Traducción: Nidia Hernández
Consolo na praia
Vamos, não chores.
A infância está perdida.
A mocidade está perdida.
Mas a vida não se perdeu.
O primeiro amor passou.
O segundo amor passou.
O terceiro amor passou.
Mas o coração continua.
Perdeste o melhor amigo.
Não tentaste qualquer viagem.
Não possuis carro, navio, terra.
Mas tens um cão.
Algumas palavras duras,
em voz mansa, te golpearam.
Nunca, nunca cicatrizam.
Mas, e o humour?
A injustiça não se resolve.
À sombra do mundo errado
murmuraste um protesto tímido.
Mas virão outros.
Tudo somado, devias
precipitar-te, de vez, nas águas.
Estás nu na areia, no vento…
Dorme, meu filho.
Carlos Drummond de Andrade
Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Minas Gerais, Brasil 1902 – Rio de Janeiro, Brasil, 1987) es uno de los grandes poetas de la lengua portuguesa del siglo XX. Nacido en una familia de propietarios rurales de Itabira, estudió farmacia, pero su verdadera vida transcurrió entre la poesía, el periodismo y la observación minuciosa del mundo. Trabajó durante años como funcionario público y periodista, y convirtió la experiencia cotidiana —la infancia, el amor, la ciudad, la memoria, la política, la soledad— en materia poética.
Su primer libro, Alguma poesia, apareció en 1930 y marcó una de las voces fundamentales del modernismo brasileño. Le siguieron, entre otros, Brejo das almas (1934), Sentimento do mundo (1940), José (1942), A rosa do povo (1945) y Claro enigma (1951).
Drummond murió en Río de Janeiro en 1987, doce días después de la muerte de su única hija, Maria Julieta. Su obra, sin embargo, siguió creciendo en la cultura brasileña. Hoy su figura forma parte del imaginario literario de Brasil de una manera excepcional: sus versos son leídos en las escuelas, citados en la vida cotidiana, musicalizados y constantemente retomados por otros escritores y artistas. Carlos Drummond de Andrade, esta siempre presente en las presentaciones de María Bethania y Caetano Veloso.
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