Las montañas de Bieszczady, en los confines con Ucrania y Eslovaquia, son el rincón suroriental más remoto de Polonia; uno de los más despoblados, con apenas cinco habitantes por kilómetro cuadrado y tal vez el más pobre del país.
Es también un rincón de belleza incomparable, marcado por las borrascas que lo sacudieron en el curso de la historia, y refugio de ermitaños
De personajes como Stasz Mieszczak, que fue maestro, leñador privado y funcionario y estaba jubilado cuando lo conocimos, contento de trabajar durante seis meses como guardián de Berezki, uno de los paradores más remotos; en una cabaña sin luz ni agua potable y mucho menos información, con la única compañía de Negrito, su perro, de una blancura invernal…
Hacia 1950, otros solitarios se escondieron alli después que las bandas guerrilleras ucranianas que reivindicaban su autonomía fueron expulsadas por el gobierno socialista de Varsovia para transplantar poblaciones de absoluto perfil polonés; en cierto modo un correctivo de la colonización decidida por el Imperio Austriaco tras la partición de Polonia a fines del siglo 18, que duró hasta 1939, cuando el pacto nazi-soviético movió las fronteras y obligó a una parte de la población de origen germano a desplazarse al occidente.
E igual debieron hacer luego los restantes para escapar del Ejército Rojo que avanzaba contra sus antiguos aliados, en ruta hacia Berlín.
Bieszczady es una región de fantasmas y de futuro.
Abundan las huellas de aquellos años sombríos. Por ejemplo en Lutowiska, donde la Gestapo masacró a 630 miembros de la numerosa población judía; en las ruinas de la llamada Línea Molotov que la URSS erigió cuando husmeó la inevitable ruptura con Hitler; o en las muchas iglesias ortodoxas de madera, aún vacías tras los saqueos y la persecución religiosa de post-guerra.
Pero ya en la Primera Guerra, la Galizia había sido teatro de combates entre Prusia, Austria y la Rusia zarista, y cuando de repente se hace un alto para admirar una modesta capilla, encuentras en uno de los robles que la sombrean el recordatorio a Ferenc Gyobotske y Aladasz Komornik, húngaros de los tantos del ejército vienés, caídos aquí en marzo de 1915…
En Bieszczady flotan los fantasmas de la intolerancia; en Komancza, en el convento de monjas nazaretianas, donde el gobierno comunista confinó al cardenal Stefan Wyszynski en 1955, para castigar su intransigencia; o en Lupków, que sirvió de prisión a los líderes de Solidaridad tras el golpe de estado militar de diciembre de 1981.
Son fantasmas siempre vigentes que subrayan la importancia de la cooperación regional, cuyo instrumento existe ya en la Convención Carpática para la protección y el desarrollo sustentable, que suscribieron en 2003 la República Checa, Serbia-Montenegro, Hungría, Polonia, Rumania, Ucrania y Eslovaquia.
La guerra en Ucrania y las tensiones fronterizas en el Cáucaso, no refuerzan la urgencia de superar las barreras actuales para que esos estados, miembros o no de la UE, consoliden las selvas y las hermosas colina de Bieszczady como una reserva de paz en el Viejo Continente.
Varsovia Agosto de 2026









