En los Bosques de Rusia

Por: Gabriel Rumor
Última actualización el 27 julio, 2026

EL ROBLE Y EL ALERCE, árboles emblemáticos de Rusia, han provisto a Sophie Pinkam de título para una imaginativa inmersión en su historia, marcada como en pocos pueblos en el mundo por la influencia de sus bosques majestuosos.

El roble, árbol sagrado en las primitivas culturas eslavas, símbolo de fuerza y robustez, que sirvió para levantar kilómetros de barreras contra la caballería de los invasores esteparios y fue capital en el proyecto del zar Pedro el Grande de occidentalizar el país para transformarlo en una potencia marítima, según el ejemplo holandés; y el alerce típico de  inmensas zonas de coníferas en  la taiga boreal siberiana, que incentivó el poblamiento por soldados y  mercaderes de pieles; ejemplo de longevidad y personaje clave y del poder redentor de la memoria como alternativa a la represión en los Gulag soviéticos.

Los bosques ocuparon sitio preferencial en escritores como Chejov o Turgenev, que denunció la deforestación acelerada en la Rusia central y contribuyó a la ley de emancipación de los siervos a mediados del siglo XIX  y, por supuesto,  en Tolstoy, el más ilustre de todos, cuyas mocedades en el ejército lo llevaron a la literatura, el pacifismo y la naturaleza.

Los ensayos de esta joven profesora de Literatura Comparada en la Universidad de Cornell, sobre el arte y la literatura bajo los regímenes autocráticos han servido de modelo, según algunos críticos, para plantear con tremenda precisión el tema de  la estética y el poder, y ahora se remonta a los días de las invasiones mongolas para evocar la notable influencia de la naturaleza en el devenir de ese gigantesco imperio, que explica incluso el conflicto militar con Ucrania.

 Y por eso no es casual que uno de los capítulos  más interesantes del libro se refiera a los reductos de ermitaños religiosos que hasta fecha reciente sorprendían a quienes se aventuraban en la inmensidad de siberiana. 

La autora Sophie Pinkham

Sophie creció en New York en un ambiente de emigrados de la Unión Soviética, como ella, y mientras estudiaba poesía inglesa quedó fascinada por la obra del Mayakowski, el primer gran autor de la revolución bolchevique y una de sus víctimas iniciales y bajo su inspiración se inscribió en un programa de intercambio juvenil ruso-americano que la trasladó al lago Baikal bajo la bandera de la Cruz Roja.

 Era inevitable sentirse atraida por el proceso de transición impulsado por  Gorbachev y, de beca en beca, alargó una estadía en que recuperó su lengua materna, se aproximó a los versos de Osip Mandelstan, cantor elegíaco de las estepas, también caído durante el stalinismo, y comenzó a comprender la importancia de las circunstancias históricas en la biografía de cualquier autor, conectando el significado de las fértiles tierras cantadas por el poeta en la expansión y consolidación del imperio zarista y la relación conflictiva con el poder que termina a la postre por eliminar al intelectual incómodo.

Tolstoy, el patriarca

Los bosques, afirma, acompañan al hombre ruso en todas las etapas de su vida, desde la cuna hasta la cruz de madera de su tumba y desde tal perspectiva se puede obtener una comprensión del nacionalismo y del imperialismo del poder ruso en el contexto más amplio de la cultura nacional.

En ellos se decidió el rumbo del proyecto político, como bastión de los últimos combatientes anti-bolcheviques y, una vez dominado, sufrió una frenética ofensiva por doblegar el ambiente salvaje que se consideraba un obstáculo al progreso y fue devastado para fundar fábricas y complejos industriales con la mano esclava de los infortunados opositores y servir para el esparcimiento más depredador de la clase gobernante, según denunció  el libro demoledor El Rojo y el Verde,  en los años 80 del pasado siglo.    .

Es una elaboración muy original en que Sophie Pinkham balancea naturaleza y cultura, destacando el carácter de los bosques rusos como refugio contra las fuerzas obscuras que siempre han jugado un papel negativo en la civilización del país y enlazando su destino con el otro gigantesco pulmón vegetal, la Amazonia; de indudable utilidad para ubicar en un contexto novedoso y sugerente la crisis geopolítica que consume ahora la atención del planeta.   

Varsovia, julio de 2026.

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Por: Gabriel Rumor

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