Treinta y tres años después de su muerte, Pablo Escobar sigue generando consecuencias en Colombia, esta vez en forma de una crisis ambiental tan insólita como persistente. Los hipopótamos que introdujo ilegalmente en su hacienda continúan reproduciéndose sin control, obligando a las autoridades a considerar medidas drásticas para proteger el equilibrio ecológico en la cuenca del río Magdalena.
Sin precisar fecha, la ministra del Ambiente informó en días pasados que la drástica alternativa se adoptaba para preservar el ecosistema, ante el costo y la inoperancia de los métodos de control de una población que se reproduce con verraco entusiasmo.
Son los descendientes de cuatro ejemplares que el forajido importó, como puede imaginarse, de la misma manera fraudulenta que las piezas restantes, haciendo de su país el único fuera del Continente africano con representantes del voluminoso paquidermo mientras ponía a Medellín en el mapa con sus crímenes y una curiosa iniciativa en que invirtió millones de su fortuna narcohabida.
En una reserva natural con casi dos mil especies exóticas contrabandeadas en Jumbos fletados especialmente desde Estados Unidos y Brasil, tras burlar los controles aduanales a punta de billetes y trampas tan ingeniosas como sustituir las piezas de mayor valor con bichos locales más ordinarios y con asnos grises pintarrajeados las hermosas cebras del Serengueti.
Así llegaron búfalos, cebras, monos, dromedarios, flamencos, camellos, jirafas, avestruces y canguros, pero sus favoritos fueron siempre los hipopótamos, desde el arribo de un ejemplar solitario al que debió procurarse de emergencia una compañera para sus retozos acuáticos, con el resultado que ahora tiene de cabeza al gobierno colombiano.
Y es que si algunos perecieron de mengua tras la balacera y otros fueron movidos a parques zoológicos – como el pequeño Raimy, que resultó una bendición para un sitio turístico a las afueras de Bogotá- el resto logró escabullirse a la chita callando, a pesar de su tonelaje, hasta las aguas del Magdalena para chapotear en condiciones similares a su hábitat original.
Y allí siguen, en una familia que ya supera los cuatrocientos ejemplares y será diezmada para poner coto al comercio ilegal de los retoños e impedir que continúen afectando zonas de humedales y ecosistemas protegidos mientras devoran 200 kilos de comida diariamente para saciar un peso de hasta tres toneladas.
Ante este panorama, el gobierno colombiano evalúa la reducción de la población mediante sacrificios controlados, una decisión que ha generado una intensa polémica. Mientras expertos en conservación sostienen que se trata de una medida necesaria para evitar daños irreversibles al ecosistema, sectores ambientalistas y algunas voces políticas denuncian la iniciativa como una acción cruel que castiga a los animales por decisiones humanas del pasado.
La paradoja se acentúa porque los hipopótamos también han dado lugar a una incipiente economía turística en la zona, con recorridos guiados y venta de recuerdos que atraen visitantes interesados en este fenómeno único. Este factor añade complejidad a un debate donde se cruzan la conservación ambiental, la ética y la economía local.
Así, más de tres décadas después de su desaparición, la huella de Pablo Escobar persiste de una forma inesperada, recordando que los excesos humanos pueden desencadenar consecuencias ecológicas difíciles de revertir. El desafío para Colombia no es solo controlar una especie invasora, sino enfrentar un legado que sigue vivo en las aguas del Magdalena.
Varsovia, abril de 2026.














