Varsovia: ¡no pasarán!

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MIRAMUNDO por Gabriel Rumor

En Varsovia, los jardines familiares, herencia de una tradición que precede incluso la época comunista, resisten a pie firme la avidez de los promotores inmobiliarios.

La agencia France Press reporta que los 4.800   complejos que existen a escala nacional, con una superficie de 44 mil hectáreas, hacen de Polonia el país líder en Europa, delante de Alemania e Inglaterra, porque sólo en la capital existen 190 de esas áreas de verdor en un espacio de 1.200 hectáreas.

En total, casi un millón de familias en un país de 38 millón de habitantes disponen de un pedacito de tierra, que para ellos significa tanto un lugar de esparcimiento, desde los primeros asomos de la primavera hasta las postrimerías del otoño, como una fuente de frutas, hortalizas y aves de corral nada despreciable, sobre todo a medida que aprieta la economía.

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Y lo más interesante es que nadie sino la propia ciudad es propietaria de las minúsculas parcelas a las que se  accede mediante el pago de una mensualidad casi simbólica desde que fueron bautizadas “obreras” y conocieron su edad dorada en los tiempos del socialismo.

Fueron una respuesta inteligente al ansia natural de los millones de campesinos que migraron a las ciudades después de la guerra y a la penuria alimenticia, otorgando un sucedáneo de pertenencia mientras se vivía en un sistema que había abolido la propiedad privada; y son ahora sujetos a litigios judiciales, porque los antiguos propietarios reclaman la restitución de sus bienes confiscados  y los precios se disparan en el mercado inmobiliario.

Se ve difícil la conciliación de quienes defienden el placer que devengan de sus rincones de verdor que les permiten evadirse de la gran ciudad sin salir de ella, con los intereses de los urbanizadores que hallan incomprensible el mantener congelados tan vastos terrenos cuyo valor supera los 2.500 euros el metro cuadrado.

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Lo más lógico, según los promotores, sería sacar de la ciudad esos jardines familiares para facilitar el beneficio de los urbanizadores, pero hasta ahora han tropezado, por  fortuna, con las autoridades municipales que subrayan su importante papel ecológico, sobre todo en los meses de canícula, cuando esos espacios frenan la contaminación y ayudan a bajar el termómetro de la ciudad que se derrite de calor.

 Y, por supuesto, la fuerza política que, a escala del país entero, representan esos millones de ciudadanos, de todas las clases sociales, dispuestos a vender caro el privilegio que hasta ahora han disfrutado.  

Varsovia, julio 2015.

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